La Isla de Pascua o Rapa Nui, como la llamaban sus antiguos habitantes, es la isla habitada más remota del planeta. No hay otra porción de tierra en el mundo tan aislada en el mar y esa misma condición le otorga un aura de fascinante misterio.

Históricamente intrigante, culturalmente atractiva y escénicamente mágica, esta pequeña mota de tierra parece que cayó de otro planeta. En esta joya sin pulir felizmente aislada, es difícil sentirse conectado, incluso con Chile, a más de 3.700 kilómetros al Este, y mucho menos con el resto del mundo.

En este territorio, declarado patrimonio mundial por la UNESCO, hay de todo  y para todos: playas con arenas de color rosa, como la de Ovahe, o de encanto paradisíaco como la de Anakena, volcanes y praderas para recorrer a pie o a caballo, flora y fauna marina para descubrir buceando, cavernas para recorrer en silencio, y por supuesto, los sorprendentemente enigmáticos moais (cabezas gigantes) que fueron testigos del auge y la caída de una gran civilización.

En la isla se desarrolló una cultura compleja, que vivió durante más de mil años aislada del mundo. Pero tras su apogeo cayó en la escasez de alimentos y las consecuentes luchas tribales llevaron a su desaparición. El espíritu de esta cultura sigue vivo en sus habitantes, su lengua, sus vestimentas, su música, sus bailes, su artesanía y sus comidas. Cada mes de febrero, la vuelta a las raíces alcanza su punto máximo en la Tapati, una fiesta de dos semanas cuyo corazón son las tradiciones y donde los rapanui se pintan el cuerpo como lo hacían sus ancestros, compiten en pruebas asombrosas, cantan, bailan y eligen a su reina.

El resto del año el encanto de la isla no disminuye. Su clima es permanentemente cálido, su infraestructura turística y de servicios mejora sostenidamente y la tranquilidad y belleza del entorno, junto a la gracia de sus habitantes, hacen que uno quiera volver siempre.